René Castillo

Escritos y Anécdotas

Canchas de futbol

Parte 1

Es admirable y merecedor de mencionar que en Granados, Baja Verapaz, no obstante no haber contado dentro de su patrimonio con canchas y áreas deportivas dignas, han surgido deportistas de renombre que han puesto en alto el nombre de Granados en diversas disciplinas. Esta narración sugiere una mirada retrospectiva, por lo que me voy a concretar a describir, no a los valores que han surgido en el deporte, sino a la titánica creación y construcción del campo de fútbol, con el ánimo de que, al escarbar en los rincones de mi limitada memoria, no me fallen los recuerdos, recuerdos de aquellos años de la pujante juventud, pues me considero humildemente parte protagonista de esta intrépida labor.

Todo granadense sabe muy bien que la topografía de Granados es quebrada en un ochenta por ciento, por lo que era, y es, casi imposible construir una cancha de fútbol con las medidas reglamentarias de noventa por ciento veinte metros por lado. En los años cincuenta y sesenta se da inicio a la labor docente con la creación de la Escuela Urbana; soy de las personas que creen en la educación, y los beneficios y alcances que se logran para los pueblos sobrepasan a la labor docente misma.

Con este breve antecedente, logro regresar y trasladar mi memoria a mi excelente y nostálgica niñez y juventud. ¡Qué maravillosa época aquella! La escuela primaria funcionaba en dos locales improvisados: uno donde actualmente se ubica la Escuela Urbana —al extremo sur existía una galera de tablas que se compartía con una bodega del campamento de Caminos, lugar donde los famosos camineros guardaban sus herramientas de trabajo—, y el resto del terreno era un terraplén natural con inclinación hacia el norte, el cual, en los recreos de la doble jornada, se convertía en cancha de fútbol; después de las cuatro de la tarde, el sábado por la tarde y los días domingo, le correspondía el turno a los jóvenes del pueblo (el sábado también recibíamos clases en jornada vespertina). El otro local de clases era una casa de adobe y teja que se ubicaba donde actualmente se localiza la casa pastoral de la Iglesia del Nazareno; a pocos pasos había un espacio muy pequeño apto para juegos, exactamente donde estuvo la cancha de basquetbol, hoy edificio municipal: era el otro campito de fútbol, con actividad similar a la descrita anteriormente, con la ventaja de que este el invierno lo dejaba con una buena capa de arena, la que suavizaba las caídas y patadas mal dadas en las chamuscas escolares. Por cierto, cada portería era señalizada por dos piedras. Así, como consecuencia de la actividad escolar, se inician los juegos de pelota y los respectivos campitos rústicos de fútbol.

En la década de los sesenta, por iniciativa del coronel Rubén Cardona Cuéllar —uno de los primeros militares de alto rango ya retirado, oriundo de Granados—, su hijo Jorge Cardona Maldonado y su sobrino Amaliel Cardona se organizan con muchachos del pueblo para formar el primer equipo de fútbol que representaba a Granados en encuentros amistosos y ferias del pueblo. Ante la carencia de un área de juego con espacio más o menos adecuado, encuentran un terreno bastante plano en la aldea El Guapinol; este era propiedad de Mauricio García (Huito), actualmente propiedad de Carlos Antonio García. El amigo Huito lo prestaba gustosamente para tal fin, y ahí nace también el primer equipo de fútbol de la aldea El Guapinol. Los jugadores y aficionados del pueblo, antes y después del partido, debían viajar cuatro kilómetros a pie; algunas veces el amigo Chago Cardona les daba un jalón en su camioncito blanco Ford F350, modelo sesenta y cinco. En ocasiones los encuentros no eran tan amistosos, pues, por inconformidades y al calor del juego, subían de tono las discusiones —no recuerdo si algunas veces llegaron a los puñetazos—; de ahí que las personas mencionadas como iniciadores ya casi jugaban con su arma Colt o Smith & Wesson en la cintura, con el fin de infundir respeto. Por supuesto, no faltaba la emoción, los gritos y la algarabía de los seguidores de los equipos.

Finalizando la década de los sesenta, se continúa con el interés de contar con un campo de fútbol propiamente del pueblo. No fue posible lograr un predio con tales características, pero la búsqueda continúa pensando en un lugar cercano; es así como lo más adecuado que se encuentra es un terreno bastante plano en la aldea Potrero Grande, frente a la entrada del cementerio, a orilla de la única carretera que existía, la controversial Ruta Nacional 5, en terrenos propiedad de los herederos de don José Ángel Reyes y de la otra fracción de don Abel Marroquín. A estas alturas no solo se contaba ya con experiencia futbolística, sino que ya se tenía una dirigencia, siempre encabezada por el coronel Cardona, Jorge, su hijo, y Amaliel, su sobrino. Con la idea en mente de esa área de terreno, disponen visitar a los señores Reyes García y a don Abel, acompañados de un par de cajas de cerveza; me parece que, después de finalizada la bebida, entre bromas, chistes y anécdotas, logran obtener una respuesta favorable. Seguidamente, creo que aplicando la misma técnica, se reúnen con el alcalde municipal, quien fungía en el cargo, don Felino Muñoz. Después de gestiones y reuniones con el Consejo Municipal, la municipalidad adquiere el predio y lo pone a disposición del fútbol granadense; estoy hablando del terreno donde actualmente está ubicado el Centro de Salud, la cancha polideportiva, y donde además se realiza la feria de Potrero Grande.

Se despeja el área, se acomoda el terreno, pero aun así le queda una inclinación hacia la portería del nororiente, con desventaja para el equipo que defendía ese lado. Sin embargo, en esa cancha se libraron grandes batallas futboleras: desde juegos amistosos, de invitación, de feria, hasta campeonatos interaldeas. Este campo permaneció activo hasta el año mil novecientos setenta y siete; el motivo fue darle prioridad a la construcción del Centro de Salud tipo B, ya que, obviamente, no se tenía disponible espacio municipal para tal fin. Lógicamente, se inclinó la balanza por el lado de la atención a la salud, quedándose Granados sin campo de fútbol por espacio de cinco años.

En ese mismo año de mil novecientos setenta y siete, por iniciativa e intermedio de los buenos amigos salamatecos y destacados profesores Salvador Guzmán Valdez, César Sagastume Juárez, Miguel Herrera San José, Calín Guzmán García y Aníbal Moya, se da inicio a un gran movimiento deportivo departamental que le llamaron Cruzadas Deportivas de la Amistad Bajaverapacense. A la vez, Salvador Guzmán había sido nombrado y fungía como presidente de la Delegación Deportiva Departamental de Baja Verapaz, vinculada a la Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala (CADG); por su intermedio se eligen las Delegaciones Deportivas Municipales, cuyo presidente venía a fungir simultáneamente como representante municipal de las Cruzadas Deportivas. Este cargo, para el municipio de Granados, recae sobre mi persona, y como secretario y segundo a bordo, sobre el amigo Arnulfo Rodas Valdez —conste que estos cargos eran desempeñados ad honórem—. Dicho sea de paso, Arnulfo llega a laborar a Granados en mil novecientos setenta y cuatro como el primer técnico en salud rural, y se ganó mi admiración, aprecio y respeto por su labor progresista en el desarrollo de un municipio del cual no era originario.

En las Cruzadas Deportivas se participaba a nivel departamental; Granados siempre sobresalió en varios eventos, pero se destacó en basquetbol, atletismo y fútbol. Simultáneamente a esta actividad, la CADG era la encargada de ejecutar y darle vida a un proyecto impulsado por el presidente Gral. Romeo Lucas García, denominado Plan Nacional de Desarrollo del Deporte. Este proyecto consistía en la construcción de complejos deportivos en cabeceras departamentales y cabeceras municipales; en el caso de los municipios, el requisito indispensable era contar con un terreno de dos manzanas y media con posibilidades de hacerle terraplenes, el cual se debía donar a la CADG. El complejo previsto contemplaba la construcción de cancha de fútbol, basquetbol, vóleibol, pista de atletismo, salones para juegos de sala y oficinas: toda una novedad.

Esta noticia vino a remover nuestro entusiasmo, sueños e interés por lograr un proyecto de esa naturaleza, magnitud e impacto para Granados. Nos encontrábamos muy motivados, además, por los éxitos de nuestros atletas y deportistas alcanzados en los eventos a nivel departamental en las Cruzadas Deportivas. Con ese ánimo en efervescencia, bajo un atardecer después de un juego de vóleibol, sentados en las exuberantes raíces de la desaparecida y centenaria ceiba, con un panorama de celajes y el cerro Tuncaj al fondo, Arnulfo Rodas me dice:

—Vos, René, te conozco como un tipo entusiasta y de arranque —y me saca a colación entonces el tema del terreno para el soñado complejo, del cual él estaba bien informado—. Dispongamos de un día completo, recorramos toda la periferia del pueblo y vas a ver que vamos a encontrar ese terreno.—

El día señalado pasa por mi casa conduciendo una famosa moto Suzuki TC 125 retrancada, todo terreno —bueno, eso es lo que decían los técnicos en salud rural, pues era su medio para visitar las comunidades, ya que no existía la red vial en el área rural; creo que en muchos casos sí era efectiva—. Recorrimos muchas veces los alrededores del pueblo por los cuatro puntos cardinales y las posibilidades eran casi nulas. Decidimos subir y caminar el filón lleno de aromáticos pinares por el lado de arriba de las letras que dicen «Granados» (en ese entonces no existían); la moto todo terreno retrancada no llegó al punto deseado y caminamos lo restante. La vista panorámica sobre todo ese filón montañoso es hermosa: se aprecia parte del pueblo, los alrededores, y el horizonte se desvanece entre montículos del este, sur y oeste.

Logramos apreciar una parte de terreno semiplano, con pequeños cerritos; emocionados, pusimos nuestra atención en ese punto, lo ubicamos mentalmente y allá vamos. La referencia era la casa de don Vidal Ortiz, siguiendo el camino de herradura hacia el centro del pueblo —ni en sueños pasó de moto—; no encontramos entrada, decidimos saltar el cerco de piedra, caminamos hacia arriba, y ciertamente ese era el lugar. La parte plana era relativamente muy poca, pero con la mente positiva y el entusiasmo que llevábamos, y algunos cálculos generales, se podía visualizar una bonita área deportiva. Nuestro sueño estaba tomando forma y seguimos con nuestra lista de acción; indagando el aspecto legal, concluimos que el terreno, en su mayor parte, era de don Egidio Reyes González, otra fracción de don Catalino Rosales, y otra de Vidal Ortiz. Un par de días después, a mediados del año mil novecientos ochenta y uno, estábamos en la municipalidad presidida por Amaliel Cardona García, ya con un plan en la mano. Él, como deportista y futbolista nato, nos recibe muy atentamente y, entusiasmado con el proyecto, nos dice:

—Gracias porque ustedes se están interesando en esta gestión; con gusto les doy mi apoyo, cuenten con mi ayuda. Lo antes posible traigan una solicitud dirigida al Consejo, vamos a platicar con los propietarios del terreno, esperamos hacer la negociación, y luego vemos lo de la donación a la CADG.—

Parte 2

Después de los procesos y gestiones pertinentes, se llega a un acuerdo favorable, adquiriendo el terreno de dos manzanas y media; sin la oportuna intervención del alcalde Amaliel Cardona, hubiera sido imposible adquirir la propiedad. Lo que sí se nos pasó por alto fue no haber llevado la caja de bebida hidratante espirituosa —me parece que él sí lo hizo con don Egidio, don Catalino y don Vidal—. Efectivamente, se hizo la documentación para la donación a la CADG, se entregó y se dio por recibida; no se continuó con el proceso por la siguiente situación: la crisis social y político-económica del país se estaba poniendo cada día más crítica, el conflicto armado interno estaba llegando a extremos inimaginables y, en consecuencia, en marzo del año mil novecientos ochenta y dos se produce un golpe de estado por oficiales del Ejército, derrocando al general Romeo Lucas García y nombrando como jefe de Estado al general Efraín Ríos Montt.

Obviamente, este evento trajo cambios radicales en la vida sociopolítica y en la administración pública; por ende, entre otros, caduca el Plan Nacional de Desarrollo del Deporte, del cual dependían los complejos deportivos, y a la vez arrastra con nuestro proyecto para Granados, desvaneciéndose nuestros sueños. Luego la municipalidad retoma el terreno y vuelve a quedar como propiedad municipal; tristemente, años después, con una gran irresponsabilidad, un edil de turno donó a personas particulares una buena fracción de ese terreno, cuyo compromiso era mejorar el área de juego y conservar el patrimonio del pueblo.

Cuando Dios coloca algo en nuestra mente y corazón por el bien común y en beneficio de los demás, Él permite que se abran puertas, colocándonos en el lugar y el tiempo correctos, dándonos la oportunidad de ser el medio para lograr transformar la realidad. A finales de ese año ochenta y dos, en medio de una buena plática bajo un cielo estrellado y una plateada luna, mi amigo Arnulfo vuelve a la carga y me dice:

—Mirá, mano, dice el dicho popular que «de macho perdido, aunque sea la gamarra»: perdimos el complejo deportivo, pero podemos hacer el campo de fútbol.—

Esta vez le tomé de inmediato la palabra y me la creí, porque ya se contaba con el terreno: teníamos ya el cincuenta por ciento del proyecto a nuestro favor. Bueno, le respondo:

—Tenés toda la razón —y le menciono el otro dicho que dice que «lo último que se muere es la esperanza»—. ¿Verdad, vos? Dale, entonces.—

Con la moral alta y pensamientos positivos, iniciamos, a través de la Delegación Deportiva Municipal de la cual éramos directivos, el envío de notas y solicitudes, reuniones con amigos, visitas a autoridades, etc. No logramos mucho, pero ya estábamos avanzando. Ya sobre los inicios del año ochenta y tres, después de una reunión con el Comité de las Cruzadas Deportivas en Salamá, estábamos comentando con el apreciable y buen amigo Miguel Ángel Herrera San José —dicho sea de paso, él fue el primer profesor de la aldea Suchicul— sobre el terreno de Granados y el famoso complejo deportivo municipal. Le contamos el plan que teníamos sobre la construcción del campo de fútbol; después de escucharnos, se queda pensando un momento, se acomoda en su silla y me dice:

—Tengo un amigo que es el ingeniero jefe de Desarrollo de la Comunidad, con sede aquí en Salamá.—

Me cuenta Salvador Guzmán que este ingeniero era el jalapaneco Carlos Carranza (esta institución desapareció por esos mismos años). Ellos tenían un tractor que, según sé, estaba en buenas condiciones y sin nada que hacer por el momento; a la mejor no lo proporcionaban para ese trabajo allá en Granados.

Con emoción le digo:

—Vos, para luego es tarde, vamos a hablar con él.—

Minutos después estábamos en su oficina; mi amigo Miguel lo saluda, me presenta y le pide unos minutos de su tiempo, resume la situación por la que íbamos y luego intervengo para ampliarle todo el trasfondo y la necesidad que teníamos de ayuda para desarrollar el proyecto. Los minutos que Miguel le pidió se convirtieron en casi dos horas de amena conversación. La respuesta del ingeniero fue la siguiente:

—Me da gusto atenderlos; precisamente el nombre de esta institución describe nuestra labor, se le llama Desarrollo de la Comunidad, y vamos a poner nuestro granito de arena. Efectivamente, tenemos en este momento una máquina disponible; el inconveniente es que se encuentra en San Agustín Acasaguastlán, El Progreso. Si les parece bien, vayan a traerla, pónganle combustible, atiendan al operador y hagan su terraplén para su campo de fútbol.—

Digno es de aclarar que no se hizo ningún trámite burocrático; fue una acción basada en amistad, confianza y compromiso verbal, solo se hicieron dos documentos simples: uno para autorizarnos el uso y el otro para recoger y transportar el tractor. Podía sentir la emoción y las fuertes palpitaciones de mi corazón; pensé luego: ya tenemos otro veinticinco por ciento más del proyecto. Nos despedimos del ingeniero Carranza con muestras sinceras de agradecimiento genuino por la valiosa ayuda que nos brindó; fuimos tan desagradecidos que ni una botella de cusha de la aldea Las Dantas le llevamos. Al salir de la oficina me dice:

—Ah, mire, profesor Castillo, tómense su tiempo, y cuando lo devuelvan me avisa; lo vamos a dejar aquí en Salamá.—

Salimos con Miguel, felices de haber logrado ese beneficio, y me dice:

—Mirá, vos, qué importante es tener amistad sincera con las personas; a veces se logra más que con el dinero. Así que valió la pena nuestra gestión.—

Le cuento a Arnulfo todo lo sucedido y no me lo cree; ya convencido, me dice:

—No jodás, qué bueno, vos, excelente. Ahora sigamos en la lucha, que mucho nos falta.—

Siguiente paso: iniciamos una etapa de recaudación de fondos. Elaboramos una lista de amigos, comerciantes, profesionales; le hablábamos a toda persona que se nos cruzaba en el camino. Lo bueno es que no existían políticos comprando voluntades con fines electoreros; sinceramente, no hubiéramos aceptado tales ofertas. Ya contando con algunos fondos a nuestro favor, y ya refrescándose el atardecer, nos encontramos tocándole la puerta de su casa al amigo Chago Cardona. Fuimos recibidos muy amablemente; después del saludo y las bromas, nos sentamos en la banqueta de su casa y le compartimos lo que teníamos entre manos: el motivo era pedirle su colaboración con su camión para transportar el tractor. Nos responde así:

—Son cabrones, muchá; los felicito, y con gusto voy a colaborar con ustedes. Aquí tengo dos pilotos, Chus Caneces y Huito García: uno que lo vaya a traer y el otro que lo vaya a dejar.—

Nos pusimos de acuerdo, fijamos el día, y al final Chago nos dice:

—Este movimiento va bajo la responsabilidad de ustedes dos.—

Aproveché para decirle que claro que sí, y agregué:

—Mire, una cosa más: nos ayuda también con un poco de combustible.—

Me dijo:

—Vos, cómo jodés, hombre.—

—Está bien, pero para la máquina, cuando ya esté trabajando; lo del viaje resuélvanlo ustedes.—

Nos despedimos entre bromas, altamente agradecidos por la ayuda.

Bajo un ambiente fresco de una madrugada a mediados del año ochenta y tres, salimos en un camión Dodge sencillo de reciente modelo con plataforma, vía Salamá, al kilómetro 103, ruta al Atlántico, desviándonos cinco kilómetros con dirección a la Sierra de las Minas. Ahí, enclavado entre verdes bosques, estaba nuestro destino: San Agustín Acasaguastlán. Viajamos un poco más hasta una aldea.

—Bueno, vos —me dice Arnulfo—, ahí está nuestro objetivo, y primero Dios que todo nos salga bien.—

Después de los arreglos y la maniobra correspondiente, tomamos nuestro retorno. Al día siguiente nos encontrábamos muy temprano frente a la Escuela Urbana de Granados, descargando con bastante facilidad un tractor de oruga Caterpillar D4, con hoja de romper al frente y ganchos ripper atrás, en muy buenas condiciones.

—Bueno, vos —le digo a Arnulfo—, hasta aquí no hemos tenido mayores dificultades, pero, ¿cómo nos va a ir en este extravío de aquí para arriba, derribando árboles, cercos, ampliando espacios? No lo sé.

Afortunadamente no había construcciones casi sobre el camino como hoy día. Él me dice:

—Debemos decirles a los propietarios en desacuerdo que es una brecha provisional; solo vamos a subir y, al terminar el trabajo, regresar la máquina. De ahí recuperan sus espacios y arreglan sus cercos.—

Recuerdo muy bien que, entre negativas, protestas, pleitos y amenazas —conste que no de todos—, fue una mañana difícil; solo contábamos con el respaldo verbal de la Gobernación Departamental, la Zona Militar y la Alcaldía Municipal. Ya en el lugar indicado, la hicimos de topógrafos: le explicamos al operador, según nuestra percepción, lo que se necesitaba, y manos a la obra. Al día siguiente, con dificultad, subimos ya en moto y expresamos por primera vez la palabra «campo»: vamos a ver cómo van los trabajos del campo.

Terminado el proyecto, sucedió una situación sorprendente: se contaba ya con una brecha transitable para vehículo, y era el momento, según lo hablado, de regresar los cercos y recuperar la tierra. Al darse cuenta las personas de las ventajas, el desarrollo y el beneficio que se ocasionó para ese sector, optaron sabiamente por dejar la ampliación y contar con una calle útil, que, por cierto, fue la segunda calle del área urbana; actualmente es una calle pavimentada de gran utilidad para granadenses y visitantes.

En ese año de mil novecientos ochenta y tres, en medio de un panorama de verdes pinares, con el cerro Tuncaj al noroeste y una vista atractiva al sureste, queda construido el campo de fútbol. El área urbana de Granados vuelve a tener una cancha deportiva, creo que con las dimensiones mínimas para los eventos futboleros; nunca lo inauguramos. Obra obtenida sin pagar ni cobrar ningún salario, fue resultado de una chispa encendida por un movimiento deportivo departamental denominado Cruzadas Deportivas de la Amistad Bajaverapacense, además de ideas, esfuerzos, colaboraciones y aportes incondicionales de muchas personas. Después de cuatro décadas sin que le hayan hecho mejoras significativas —con excepción de una ampliación que le hiciera Ronaldo Alvarado en uno de sus períodos como alcalde municipal—, queda el reto para los gobiernos municipales de turno de retomar el proyecto para la creación de un complejo deportivo en ese pintoresco lugar, y, con una buena inversión, ser parte constructiva, con el propósito de que la niñez, la juventud y el pueblo en general cuenten con un espacio y vínculo socio-deportivo en tan atractivo lugar, para una sana convivencia y distracción.